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La Siguanaba: La leyenda oscura de Guatemala

La Siguanaba, según cuentan los abuelos, era una mujer de belleza inigualable. Su cabello largo y negro como la noche caía en ondas sobre sus hombros, y su risa era como música para los oídos. Pero, ¡cuidado!, porque esta belleza escondía un secreto espeluznante.

Se dice que la Siguanaba aparecía cerca de los ríos y lagos cuando la luna brillaba en el cielo. Los hombres que caminaban solos por esos lugares se veían atraídos por su figura encantadora. Pero, ¡ay de aquellos que se atrevieran a seguirla!

Juan, un niño de 10 años, escuchaba esta leyenda de su abuela mientras la chimenea crujía suavemente. Juan, curioso y valiente, preguntó: “Abuela, ¿qué sucede si alguien sigue a la Siguanaba?”. La abuela, con una mirada seria, respondió: “La Siguanaba lleva a esos hombres hacia el peligro, y cuando están cerca, ¡zas!, muestra su verdadero rostro: ¡el de un caballo espantoso!”

Una noche, un joven llamado Carlos, conocido por su valentía y escepticismo, decidió desafiar la leyenda. “¡No creo en viejas historias!”, exclamó antes de adentrarse en el bosque. Mientras caminaba cerca de un río, vio a una mujer de espléndida belleza bañándose. Era la Siguanaba. Fascinado por su encanto, Carlos se acercó.

Pero en ese momento, la Siguanaba se volteó y, en lugar de un rostro hermoso, Carlos vio una cara de caballo, con ojos brillantes y una sonrisa burlona. Carlos, aterrorizado, quiso correr, pero sus pies no le respondían. Estaba atrapado por un hechizo.

De repente, el ambiente alrededor de Carlos cambió. Las sombras se alargaron y un viento helado comenzó a soplar, llenando el aire con susurros ininteligibles. A medida que la Siguanaba se acercaba, su risa se transformó en un eco macabro que resonaba en la mente de Carlos.

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Las luces de los aluxes, los pequeños espíritus protectores de los bosques de Guatemala, aparecieron alrededor de Carlos, tratando de romper el hechizo que lo mantenía paralizado. Con sus poderes mágicos, los aluxes lograron liberar a Carlos por un momento, permitiéndole correr, pero la Siguanaba no desistió.

Carlos corría con todas sus fuerzas, pero podía sentir la presencia de la Siguanaba justo detrás de él, su risa cada vez más cercana. En su carrera desesperada, llegó a un claro en el bosque donde encontró un espejo antiguo, dejado allí por un hechicero hace muchos años.

Recordando las palabras de su abuela, que decían que la Siguanaba temía su propio reflejo, Carlos sostuvo el espejo frente a la criatura. Al ver su reflejo, la Siguanaba lanzó un grito espeluznante y, en un torbellino de sombras, desapareció.

Carlos, aún temblando, llevó el espejo a su aldea. Contó su historia, y desde ese día, el espejo se convirtió en un símbolo de protección contra los espíritus malignos. Sin embargo, a pesar de esta aparente victoria, la sensación de inquietud nunca desapareció del todo.

Meses pasaron y la tranquilidad del pueblo fue interrumpida nuevamente. Los hombres comenzaron a desaparecer otra vez cerca de los ríos, encontrados desorientados y con miradas vacías. La Siguanaba había regresado, más furiosa y vengativa que antes. La historia de Carlos no fue un final, sino el comienzo de un terror renovado.

Una noche, mientras el pueblo dormía, se escucharon gritos desde el río. Los aldeanos encontraron a Carlos, pálido y sin vida, con una expresión de terror eterno en su rostro. La Siguanaba había vuelto para reclamar lo que consideraba suyo: el alma de aquellos que osaban desafiarla.

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La abuela, al contar esta historia a Juan, terminó con una advertencia sombría: “La Siguanaba nunca encontrará la paz. Siempre estará ahí, en las sombras, esperando atraer a los incautos con su belleza engañosa. Recuerda, Juan, nunca te acerques a los ríos en la noche, y jamás confíes en lo que parece demasiado hermoso para ser real.”

Juan, con los ojos abiertos de asombro y temor, prometió nunca olvidar la historia. Esa noche, mientras se dormía, soñó con la figura oscura de la Siguanaba acechando en las sombras, recordándole que hay fuerzas en el mundo que nunca pueden ser verdaderamente derrotadas.

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